jueves, 22 de enero de 2009

El beso

En alguna de las andanzas tétricas de las calles más neblinosas, puedo beber varias copas de niebla espesa, de espesura, de grosores. Ella me mira, ella que es morocha como una yerba pagana.
Se presta al dialogo igual que el toro le enseña la muerte al torero, con mirada fija. Me cuenta que es poeta y que escribió una novela; que vive muy cerca de la Unqui; que es auto flagelante y que durante algunas vidas soñó con ser princesa.
Algo en ella me sugiere algo, y ese algo otra cosa más. Ojalá fuera tan fácil desplazar un silencio así de pesado. Como un yunke. Ojalá escuchara un poco menos al cuerpo, porque ella se levanta para bajarse del colectivo y la beso. Le pego un beso. La salpico de forma penetrante con un beso largo. Con el letargo perfumado de un beso.
_ ¿Qué perfume usas? _ le digo para sorprenderla, en una pausa del beso.
_ Ninguno.
_ ¿Es tu olor así?
_ No lo se. Seguí besándome.
Ya pasó su lugar de parada. Mucho, muy lejos. Estoy en Bernal, y yo que soy de Capital no entiendo nada, salvo el beso, ¡Es tan de noche! Allá afuera debe haber un lobo o un mal sueño. O la pobreza, algo horrible. Algo acechando. Durante mucho tiempo la seguí besando. Algunas cosas de los labios de las personas nos hablan de quienes son. De como son.
"El beso es una forma de dialogo", decía George Sand, única e inigualable. En mi mente, un fantasma me hablaba sobre esto. Me recordaba noches de chico, mirando las humedades tricolores de la pared de mi cuarto. Leyendo Indiana, y luego de investigar, fascinándome sobre lo que decía esa mujer vestida de hombre.
Pero lo cierto es que hay cosas en la boca, en la boca de la gente. Diablos del tamaño de piojos, pero rosados y fragantes como la palma de la mano de Romeo o de Julieta. Algunos suaves, resbaladizos, babeantes. Hablo sin entender la aversión de la gente hacia la baba. Es preciosa y divina, como la de esta mujer. Esta joven morena de ojos muy verdosos. Me frena, me acaricia el cuerpo, despacio, con cuidado. Como si le doliera.
_ Ay... ¿Dónde me fui?
Mira por la ventana. Nada que ella conozca. Estamos en Capital, a dos cuadras de mi departamento.

Se bajo conmigo, alarmada. Pateándose como todo ser humano por haber sucumbido ante un impulso.
_ ¡La puta madre que me parió!
_ Bueno, calmate _ trate de suavizarme la voz, quería calmarla, dormirla con ella si era posible.
_ No, no, no...
_ Pero...
_ ¡Que pelotuda que soy!
_ ¿Alguien te espera?
_ No.
_ ¿Tenes familia? ¿Vivís con alguien?
_ No... (Más calmada, mirándome otra vez, fijo, haciéndome desear un beso suyo) Vivo sola yo... ¿Vos?
_ También.
_ Ay... (Casi con ganas de reírse, conciente del olor a locura que nos impregnaba) ¿Cuál es tu nombre? No... no se tu nombre.
_ Rodrigo, ¿Vos?
_ Micaela. Ay... (Y ahora si, ríe) me siento tan pelotuda jajajajajaja
_ No, no. No sos pelotuda. Yo soy un lanzado.
_ Pero vos... siempre haces... estas cosas, no. Decime que no sos de hacer estas locuras de en el colectivo levantarte gente. Bueno (Se ataja inmediatamente antes de que yo quiera/pueda contestar) Yo que puedo decir, ¿no? Soy una boluda que estuvo de Bernal hasta acá tranzándome un pendejo en un colectivo.
Obviamente no hay que ser genio para descubrir que estaba avergonzada. Se largó a llorar y le pregunté por qué, y me declaró un borbotón de novelas de males de amor. Ahí, en esa Capital negra, fría, lobo con piel de cordero.
_ Mi casa está a dos cuadras.
Y nos fuimos a mi casa. Yo seguía pensando en los besos. Hay besos que no son como los que ella da. Besos gruesos, groseros, duros, que también son maravillosos. Besos tranquilos, besos despacios, estáticos. Los hay más dinámicos, los hay salvajes, fuertes, que lastiman. Los hay llenos de una sangre caliente y jugosa. Los hay despectivos, como cachetadas, besos-bronca. Los hay con sabor a muchas cosas, los hay insípidos. Yo caminaba con ella y los besos de ella eran así, como lo dije: finos, resbaladizos, y llenos de lluvia tranquila.

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