miércoles, 3 de junio de 2009

La señora estaba en su habitación. No subían a ella. Permanecía todo el día abotargada, a medio vestir y, de vez en cuando, quemando pastillas del serrallo que había comprado en Rouen en la tienda de un argelino. Para no tener de noche a su lado a aquel hombre que dormía, acabó, a fuerza de muecas, por relegarlo al segundo piso; y se quedaba hasta la madrugada leyendo libros extravagantes donde había escenas de orgías con situaciones sangrientas. A menudo le asaltaba el terror y lanzaba un grito. Carlos acudía.


______________________________________________________________________

El deseo del trastorno mayor, a riesgo incluso de sacrificar el agrado, siempre en pos de la emoción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario