León había jurado, por fin, no volver a ver a Emma; y se reprochaba no haber mantenido su palabra, considerando todo lo que aquella mujer podría todavía acarrearle de líos y habladurías sin contar las bromas de sus compañeros que se despachaban a gusto por la mañana alrededor de la estufa. Además, él iba a ascender a primer pasante de notaría: era el momento de ser serio. Por eso renunciaba a la flauta, a los sentimientos exaltados, a la imaginación, pues todo burgués, en el acaloramiento de la juventud, aunque sólo fuese un día, un minuto, se creía capaz de inmensas pasiones, de altas empresas. El más mediocre libertino soñó con sultanas; cada notario lleva en sí los restos de un poeta.
No a crecer, trascendiendo esas maravillas de la inconciente poética
miércoles, 3 de junio de 2009
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